• Manuel Angel Nicolas Cuevas ha publicado una actualización

    hace 2 semanas, 5 dias

    🧠 Crimioperfilación Psicoetónica: el carácter Axiolábrico
    En el análisis de la conducta antisocial solemos fijarnos en perfiles con direccionalidad clara: agresión, codicia, resentimiento u omisión. Sin embargo, existe un carácter más difuso y, precisamente por ello, especialmente relevante desde el punto de vista criminológico: el axiolábrico.
    El carácter axiolábrico se define por la laxitud del eje axiológico. No actúa desde un valor estable ni desde su negación frontal, sino desde una ausencia de anclaje moral firme. El sujeto axiolábrico ajusta su posición ética según el contexto, la conveniencia o el valor dominante del entorno.
    Desde la Crimioperfilación Psicoetónica, el axiolábrico es un carácter crimiónico, no por agresión directa ni por omisión consciente, sino por disolución del valor. Su K⁺ no se expresa como ataque, sino como facilitación: permite que el daño ocurra porque carece de un criterio moral que lo detenga.
    A diferencia de otros caracteres crimiónicos, el axiolábrico no presenta un proceso evolutivo definido. No hay fases ni estados progresivos claramente delimitados. Nos encontramos ante un estado estructural relativamente estable, caracterizado por:
    Falta de eje axiológico rector.
    Uso instrumental de la neutralidad (Kφ).
    Adaptabilidad ética constante.
    Empatía contextual y selectiva (K⁻ residual).
    En el plano conductual, el axiolábrico suele:
    Cambiar de postura sin conflicto interno.
    Justificar decisiones contradictorias.
    Relativizar el daño mediante discursos ambiguos.
    Evitar el compromiso ético claro.
    Frases como “depende del punto de vista”, “no es blanco o negro” o “cada caso es distinto” no expresan aquí reflexión moral profunda, sino evasión del posicionamiento.
    Combinaciones estructurales más frecuentes
    El carácter axiolábrico rara vez actúa de forma aislada. Su función suele ser potenciar o facilitar otros caracteres crimiónicos. Las combinaciones más habituales y coherentes son:
    Axiolábrico + Narcisógeno
    La ausencia de valor estable se pone al servicio de la imagen. El sujeto adapta su discurso ético para preservar reputación, estatus o aceptación social, sin compromiso real con ningún principio.
    Axiolábrico + Pleonéctico
    La labilidad axiológica legitima el oportunismo. El valor se ajusta a la conveniencia económica, profesional o material. No hay conflicto moral porque el criterio se redefine según el beneficio.
    Axiolábrico + Argósico
    La relativización del valor justifica la inacción. El sujeto no actúa porque “no está claro”, “no es su responsabilidad” o “todo es discutible”. Aquí, la axiolabilidad sirve de soporte discursivo a la omisión.
    Estas combinaciones explican por qué el axiolábrico es especialmente frecuente en entornos institucionales, burocráticos o corporativos: no dirige la crimia, pero la hace posible y sostenible.
    Criminológicamente, el axiolábrico rara vez es autor directo del daño. Su peligrosidad reside en su función estructural: normaliza, legitima y banaliza la conducta antisocial ajena. Allí donde el valor se vuelve flexible, el límite ético se diluye.
    Comprender este carácter es clave para analizar procesos de corrupción ética, banalización del abuso y normalización del daño sin conflicto moral aparente.
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