De las primeras civilizaciones a la justicia moderna

La ciencia forense no nació en los laboratorios modernos. Civilizaciones como Egipto, Grecia, Roma y China sentaron sus bases milenarias. Egipto aportó la observación del cuerpo lesionado (Papiro Edwin Smith). Grecia introdujo el razonamiento causal y la medicina racional. Roma vinculó el conocimiento médico al derecho, con antecedentes como la autopsia de Julio César. China sistematizó el método forense en el tratado Xiyuan Jilu, incluyendo entomología y huellas dactilares. Observación, razonamiento, legalidad y método confluyen hoy en la ciencia forense, que sigue persiguiendo un mismo fin: interpretar las huellas de los hechos para construir verdad y justicia.

Introducción: la ciencia forense antes del laboratorio

Cuando pensamos en ciencia forense, la mente viaja casi de inmediato a laboratorios de alta tecnología, análisis de ADN, huellas digitalizadas y reconstrucciones criminalísticas. Sin embargo, la esencia de esta disciplina —hacer hablar a los hechos— es mucho más antigua que los laboratorios modernos.

La ciencia forense puede definirse como la aplicación de métodos y conocimientos científicos al estudio de evidencias que pueden presentarse ante un tribunal, desde el análisis de huellas o ADN hasta la investigación de restos biológicos, sustancias químicas o evidencias digitales (National Institute of Standards and Technology [NIST], s.f.).

Pero esta disciplina no nació de un descubrimiento repentino, sino de una evolución lenta y fascinante. Surgió en la intersección entre la medicina, el derecho y una necesidad humana permanente: comprender qué ocurrió, interpretar las evidencias y acercarse a la justicia. Sus raíces históricas pueden rastrearse hasta sociedades antiguas donde ya existían prácticas médicas, legales y administrativas orientadas a interpretar lesiones, muertes o responsabilidades (Smith, 1951).

Desde los médicos del Nilo hasta los magistrados de la antigua China, distintas civilizaciones fueron aportando piezas esenciales a esta historia. Egipto desarrolló una mirada clínica sobre el cuerpo; Grecia impulsó el razonamiento médico; Roma vinculó medicina y derecho; y China sistematizó métodos de investigación que hoy reconocemos como antecedentes de la ciencia forense.

Este recorrido demuestra que la ciencia forense moderna no nació únicamente de la tecnología, sino de una pregunta mucho más antigua: ¿qué nos dicen las evidencias cuando sabemos observarlas?

Antiguo Egipto: el cuerpo como testigo silencioso

El Antiguo Egipto no solo fue una civilización de templos, pirámides y escritura monumental. También fue una cultura en la que el cuerpo humano comenzó a ser observado con una atención extraordinaria. En una sociedad donde la conservación del cadáver tenía un profundo sentido religioso, el conocimiento anatómico y médico alcanzó un desarrollo notable para su tiempo (Nunn, 1996).

Aunque no podemos hablar todavía de ciencia forense en sentido moderno, sí encontramos una idea fundamental: el cuerpo podía ser leído como una fuente de información. Las heridas, fracturas y traumatismos no eran únicamente señales de sufrimiento físico, sino datos que podían observarse, clasificarse y comprenderse.

Imhotep y el Papiro Edwin Smith

Una de las figuras más destacadas de este periodo es Imhotep, asociado tradicionalmente al origen de la medicina egipcia. Aunque la relación directa entre Imhotep y el Papiro Edwin Smith debe tratarse con cautela, este texto médico constituye uno de los documentos más importantes de la historia de la medicina antigua (Breasted, 1930).

El Papiro Edwin Smith, fechado aproximadamente hacia el 1600 a. C., recoge 48 casos clínicos, muchos de ellos relacionados con heridas, fracturas y lesiones traumáticas. Su valor reside en que, a diferencia de otros textos médicos antiguos, adopta un enfoque sorprendentemente racional: observa, describe, diagnostica y establece un pronóstico (Allen, 2005).

En sus casos, las lesiones se clasifican según su gravedad: aquellas que podían tratarse, aquellas con las que el médico debía «contender» y aquellas consideradas intratables. Esta forma de ordenar la información recuerda, salvando las distancias, a la lógica de los actuales informes médicos y periciales.

Una tanatología todavía primitiva

El embalsamamiento egipcio tenía una finalidad religiosa, no judicial. Sin embargo, la manipulación ritual del cadáver permitió desarrollar conocimientos sobre la anatomía interna, los órganos y los procesos de conservación del cuerpo. No era una autopsia en el sentido moderno, pero sí contribuyó a una comprensión práctica del cuerpo humano y de su transformación tras la muerte (David, 2008).

Ese conocimiento anatómico, unido a la observación clínica reflejada en textos como el Papiro Edwin Smith, convierte a Egipto en una pieza fundamental dentro de la historia temprana de la medicina legal.

Los primeros rastros de identidad

También resulta interesante mencionar la presencia de huellas en objetos antiguos, especialmente en cerámicas, sellos o materiales de arcilla. En muchos casos, estas marcas no fueron usadas como prueba criminal, sino como resultado del trabajo artesanal o como forma de autenticación administrativa. La evidencia arqueológica muestra que las impresiones dactilares aparecen en materiales antiguos, aunque su interpretación como método forense debe hacerse con prudencia (Berry, 1978; Stoney, 2001).

Aun así, estas huellas nos permiten introducir una idea poderosa: mucho antes de la dactiloscopia moderna, las sociedades antiguas ya convivían con marcas corporales únicas que, siglos después, se convertirían en una de las herramientas más reconocibles de la identificación forense.

Antigua Grecia: el rigor lógico y la anatomía clínica

Si Egipto representa la observación temprana del cuerpo, Grecia aporta un cambio decisivo: la transformación de esa observación en razonamiento. La gran contribución griega no fue únicamente médica, sino metodológica. Los médicos y filósofos griegos comenzaron a defender que el cuerpo humano seguía leyes naturales que podían estudiarse, describirse y comprenderse (Longrigg, 1993).

Este cambio de mentalidad resultó fundamental para el desarrollo posterior de la ciencia forense. Para interpretar una lesión, una enfermedad o una muerte, primero había que aceptar que los fenómenos corporales no eran simples castigos divinos, sino hechos con causas físicas, biológicas o mecánicas.

El método hipocrático: la enfermedad como evidencia

Hipócrates, en el siglo V a. C., simboliza esta transición hacia una medicina más racional. La tradición hipocrática defendía que las enfermedades tenían causas naturales y que podían analizarse mediante la observación del paciente, el estudio de los síntomas y la evolución del cuadro clínico (Jouanna, 1999).

Esta forma de pensar anticipa un principio esencial de la medicina legal: el cuerpo ofrece signos que deben ser interpretados. Una herida, una fractura o una alteración física no son datos aislados; forman parte de una historia que el médico debe reconstruir.

En ese sentido, la anamnesis —la recopilación de antecedentes y circunstancias del paciente— puede verse como un antecedente remoto de la reconstrucción médico-legal. No se trata solo de observar el daño, sino de comprender su origen, su evolución y sus posibles consecuencias.

También la ética médica griega dejó una huella importante. El juramento hipocrático no creó todavía la figura moderna del perito, pero sí introdujo una idea esencial: el médico tiene una responsabilidad moral ante el enfermo y ante la sociedad (Edelstein, 1967). Esa responsabilidad ética sigue siendo indispensable en la medicina legal contemporánea.

La Escuela de Alejandría: disección y causalidad

Durante el periodo helenístico, la medicina griega alcanzó un desarrollo especialmente importante en Alejandría. Allí, médicos como Herófilo y Erasístrato realizaron disecciones humanas y contribuyeron de manera decisiva al conocimiento anatómico. Herófilo suele ser considerado uno de los primeros grandes anatomistas, y ambos autores son recordados como pioneros de la disección humana en la historia de la medicina (von Staden, 1989; Longrigg, 1993).

Este avance fue fundamental porque permitió comprender mejor la relación entre estructura y función. Conocer nervios, vasos, órganos y tejidos hacía posible explicar por qué determinadas heridas podían ser mortales y otras no. Esta relación entre lesión, órgano afectado y consecuencia vital sería esencial para el desarrollo posterior de la patología forense.

Aunque en Grecia no existía aún una ciencia forense organizada, el conocimiento anatómico abrió el camino para interpretar las causas de muerte de forma más racional. La pregunta ya no era únicamente «qué ha ocurrido», sino «qué mecanismo corporal explica este resultado».

El médico ante la justicia

En la Grecia clásica no existía una policía científica ni un sistema pericial como el actual. Sin embargo, algunos estudios históricos han señalado que los médicos podían ser consultados en contextos judiciales, especialmente en casos relacionados con heridas, lesiones o daños físicos (Grmek, 1983). La figura del médico empezaba así a ocupar un lugar auxiliar en la administración de justicia, aunque todavía de manera limitada y no institucionalizada.

Su aportación consistía en valorar la gravedad de una lesión, su posible evolución y sus consecuencias para la víctima. Esto anticipa, de forma muy temprana, una de las funciones actuales del médico forense: traducir el daño corporal a un lenguaje comprensible para el derecho.

Dato clave: la etiología como herencia forense

Uno de los legados más importantes del pensamiento griego fue la búsqueda de causas. La etiología —el estudio del origen de las enfermedades o fenómenos— conecta directamente con la lógica forense moderna (King, 2001).

En ciencia forense no basta con describir una lesión. Hay que responder preguntas más profundas:

  • ¿Qué la produjo?
  • ¿Cómo ocurrió?
  • ¿Cuándo pudo producirse?
  • ¿Qué consecuencias tuvo?

Esa preocupación por la causa, tan característica del racionalismo griego, sigue presente en el corazón de toda investigación forense.

Antigua Roma: la medicina al servicio del derecho

Si Grecia aportó la lógica, Roma aportó la institucionalización. En el mundo romano, el derecho alcanzó un desarrollo extraordinario y la administración de justicia comenzó a apoyarse, cada vez más, en hechos, testimonios y valoraciones técnicas (Grmek, 1983).

Aunque todavía no existía la figura moderna del perito forense, Roma ofrece algunos de los ejemplos más tempranos de aplicación del conocimiento médico a cuestiones legales. El médico ya no aparece únicamente como sanador, sino también como observador cualificado ante hechos violentos, muertes dudosas o identificaciones complejas.

Antistius y el examen del cuerpo de Julio César

El asesinato de Julio César, ocurrido el 15 de marzo del año 44 a. C., es uno de los episodios más citados en la historia temprana de la medicina legal. Según Suetonio, el médico Antistius examinó el cuerpo de César tras el ataque y concluyó que, entre todas las heridas recibidas, solo una habría sido mortal: la segunda puñalada, localizada en el pecho (Suetonio, 1930).

La relevancia de este episodio es enorme desde una perspectiva forense. No se trataba simplemente de contar heridas, sino de distinguir entre lesiones múltiples y lesión mortal. Esa diferencia sigue siendo esencial en medicina legal: determinar qué daño causó realmente la muerte y qué lesiones fueron accesorias, defensivas o posteriores.

En un crimen con varios agresores, esta distinción puede tener implicaciones directas sobre la responsabilidad penal. Por eso, aunque el caso de César pertenece a un contexto muy distinto al actual, anticipa una pregunta plenamente moderna: ¿cuál fue la causa efectiva de la muerte?

Agripina y Lollia Paulina: un antecedente de identificación dental

Roma también ofrece uno de los relatos más antiguos vinculados a la identificación por rasgos dentales. Según la tradición histórica recogida en estudios de odontología forense, Agripina la Menor, madre de Nerón, ordenó la muerte de Lollia Paulina y posteriormente verificó su identidad examinando sus dientes, que presentaban características distintivas (Dio Casio, c. 229 d. C., como se citó en Fernández Nevares, 2023).

Este episodio suele citarse como uno de los antecedentes más remotos de la odontología forense. Su importancia está en la idea que encierra: la dentadura puede actuar como una forma de identificación individual, incluso cuando el rostro o los rasgos externos ya no permiten reconocer a una persona.

Hoy, la odontología forense se emplea en identificación de cadáveres, grandes catástrofes, restos esqueletizados o cuerpos alterados. En ese sentido, el caso de Lollia Paulina muestra una intuición muy temprana: los dientes también conservan identidad.

Arquímedes y el análisis técnico de la evidencia

Aunque Arquímedes no fue romano, sino siracusano, su célebre episodio de la corona de oro fue transmitido por Vitruvio, autor romano del siglo I a. C. Según este relato, Arquímedes descubrió un fraude al comprobar que una corona supuestamente hecha de oro puro tenía una densidad distinta, utilizando el desplazamiento del agua como método de análisis (Vitruvio, c. 30-20 a. C., como se citó en Martínez-Pons, 2012).

No hablamos aquí de medicina legal, pero sí de algo profundamente forense: aplicar una ley física para resolver una duda práctica. En lugar de basarse en sospechas, Arquímedes utilizó una propiedad medible de la materia.

Este razonamiento anticipa la lógica de muchas disciplinas forenses modernas: analizar materiales, comparar propiedades físicas, detectar falsificaciones y convertir una hipótesis en una conclusión verificable.

Por eso, el caso de Arquímedes puede presentarse como un antecedente de la física aplicada a la investigación, más que como ciencia forense estricta.

Roma y la consolidación de una idea clave

La gran aportación romana no fue inventar la ciencia forense, sino acercar el conocimiento técnico al ámbito jurídico. En Roma encontramos una intuición fundamental: la justicia necesita algo más que testimonios; necesita indicios, observación cualificada y razonamiento sobre los hechos (King, 2001).

Ese puente entre derecho, medicina y técnica sería decisivo para la evolución posterior de la ciencia forense. La prueba pericial moderna tardaría siglos en consolidarse, pero en Roma ya aparecen algunas de sus preguntas esenciales: quién murió, cómo murió, qué lesión fue decisiva y cómo puede probarse una identidad.

Antigua China: metodología, huellas y entomología forense

Si Roma acercó la medicina al derecho, China dio un paso decisivo hacia la sistematización. En la tradición china, la investigación de muertes, lesiones y delitos no quedó limitada a la intuición del juez o del médico, sino que comenzó a organizarse mediante procedimientos.

Esta es una diferencia clave. La ciencia forense no solo necesita observación; necesita método. Y China fue una de las primeras civilizaciones en convertir la investigación criminal en una práctica ordenada, documentada y orientada a evitar errores judiciales.

Antes de abordar los grandes textos, conviene señalar que ya en la dinastía Qin —siglos antes de Cristo— existían procedimientos administrativos y legales que muestran una conciencia temprana de la necesidad de inspeccionar los hechos. Los textos de Shuihudi, hallados en una tumba fechada hacia el 217 a. C., contienen leyes, registros y manuales prácticos relacionados con la administración Qin. En ellos aparece el Feng Zhen Shi, un documento que recoge procedimientos de inspección judicial y casos concretos, incluyendo la indicación de que en una investigación de robo se debían registrar las marcas dejadas en el lugar —manos y rodillas— como parte de la evidencia disponible (Barbieri-Low, 2011; Hulsewé, 1985). No hablamos todavía de un tratado forense sistemático, pero sí de una mentalidad práctica: la inspección del lugar y la documentación de los hechos formaban parte del proceso judicial.

El Xiyuan Jilu: un manual para evitar injusticias

En el siglo XIII, el juez Song Ci escribió el Xiyuan Jilu, traducido habitualmente como El lavado de injusticias o Casos de injusticias rectificados. Publicado en 1247, este texto es considerado uno de los primeros grandes tratados de medicina forense de la historia (Song, 1247/1981; Yin, 2022).

Su importancia no está solo en los casos que recoge, sino en su intención: ofrecer instrucciones para examinar cadáveres, interpretar lesiones y reducir el riesgo de condenas injustas. En palabras de la investigadora Li Yin, la obra no se limitó a ser un manual práctico, sino que «estableció estándares para todas las prácticas judiciales en la China antigua» (Yin, 2022, p. 162). En otras palabras, Song Ci no se limitó a observar; propuso un método.

El tratado incluía indicaciones sobre inspección de cuerpos, análisis de heridas, documentación de lesiones y distinción entre diferentes causas de muerte. Esta preocupación por diferenciar escenarios —por ejemplo, una muerte por ahogamiento frente a un cadáver arrojado al agua— anticipa una de las tareas centrales de la medicina legal moderna: distinguir entre lo que parece haber ocurrido y lo que realmente ocurrió.

Song Ci no era un científico en el sentido moderno, sino un juez instructor que examinaba personalmente las escenas del crimen cuando se enfrentaba a casos difíciles (Song Ci, 1186-1249, s.f.). Su libro fue concebido expresamente como un texto de referencia para los investigadores, con el objetivo explícito de evitar condenas injustas. No se trataba de un ejercicio teórico, sino de una herramienta práctica para la administración de justicia.

El caso de la hoz: un antecedente de la entomología forense

Uno de los episodios más conocidos atribuidos a la tradición de Song Ci es el homicidio cometido con una hoz en una comunidad rural. Tras hallarse a un campesino asesinado, el investigador reunió a los sospechosos y ordenó que colocaran sus hoces en el suelo, bajo el sol.

A simple vista, todas parecían limpias.

Sin embargo, las moscas comenzaron a posarse sobre una sola hoz, atraídas por restos invisibles de sangre o tejido. La reacción de los insectos señaló el arma empleada y el propietario terminó confesando (Song, 1247/1981). Este caso suele citarse como uno de los primeros ejemplos documentados de entomología forense (Benecke, 2001; Song Ci, s.f.).

El interés del episodio no está solo en su valor anecdótico. Lo verdaderamente relevante es la lógica que contiene: una evidencia puede no ser visible para el ojo humano, pero seguir presente en el objeto. La ciencia forense moderna se construye precisamente sobre esa idea: los rastros existen, aunque necesiten método, técnica o interpretación para ser revelados. Por eso a Song Ci se le reconoce como el primer entomólogo forense de la historia (Benecke, 2001).

Huellas dactilares e identificación

China también ocupa un lugar destacado en la historia temprana de la identificación personal. El uso de impresiones dactilares o marcas de manos en documentos, sellos y procedimientos administrativos se remonta a periodos muy antiguos, vinculados especialmente a la autenticación y al control documental.

Ya en la dinastía Qin, los textos de Shuihudi muestran que en las investigaciones judiciales se registraban las marcas de manos y rodillas dejadas en la escena del crimen como parte de la evidencia. Así lo documenta el Feng Zhen Shi, que narra el caso de un robo en el que se identificaron hasta seis huellas o rastros del agresor (Hulsewé, 1985). Se trata de un uso práctico de la identificación personal en el proceso judicial, varios siglos antes del nacimiento de Cristo.

Posteriormente, durante las dinastías Tang y Song, la práctica de usar la impresión digital como forma de autenticación en documentos legales y comerciales se generalizó. No era todavía la dactiloscopia científica moderna, sino una intuición temprana sobre el valor individualizador de las marcas corporales.

Conviene, no obstante, formularlo con prudencia: no hablamos todavía de dactiloscopia científica moderna —con clasificación sistemática de patrones—, sino de un reconocimiento práctico y reiterado de que las marcas de los dedos podían servir para identificar a las personas. La ciencia de las huellas dactilares, tal como la conocemos hoy, se desarrollaría en Europa y Asia a partir del siglo XIX. Pero el primer eslabón de esa larga cadena se encuentra en la antigua China.

China y el salto hacia el método

La gran aportación china a la historia de la ciencia forense fue convertir la observación en procedimiento. Song Ci comprendió que una investigación no debía depender solo de la experiencia personal del juez, sino de pasos claros: examinar, comparar, registrar, interpretar y evitar conclusiones precipitadas.

Por eso, la antigua China ocupa un lugar esencial en este recorrido. Mientras Egipto aportó observación, Grecia razonamiento y Roma conexión jurídica, China añadió algo imprescindible: método.

La convergencia histórica: cuatro pilares de la ciencia forense moderna

La ciencia forense contemporánea no puede entenderse como una creación aislada de la modernidad. Aunque sus herramientas actuales —ADN, toxicología, radiología, bases de datos o reconstrucciones digitales— pertenecen al mundo científico contemporáneo, sus principios fundamentales tienen raíces mucho más antiguas.

Egipto, Grecia, Roma y China aportaron dimensiones distintas de una misma búsqueda: interpretar los hechos para aproximarse a la verdad. Cada una de estas civilizaciones contribuyó con un elemento esencial que, con el paso de los siglos, acabaría integrándose en la medicina legal y la investigación criminal moderna.

Civilización

Aporte principal Proyección en la ciencia forense moderna
Egipto Observación del cuerpo y de las lesiones Patología forense, traumatología médico-legal y análisis de lesiones
Grecia Razonamiento causal y medicina racional Método científico, etiología y medicina basada en evidencias
Roma Relación entre medicina y derecho Prueba pericial, valoración judicial y responsabilidad legal
China Procedimiento y sistematización

Protocolos de inspección, criminalística de campo y entomología forense

De la observación egipcia a la patología forense

Egipto aportó una idea fundamental: el cuerpo puede ser leído como una fuente de información. Los casos clínicos descritos en el Papiro Edwin Smith muestran una atención precisa a heridas, fracturas y traumatismos.

Hoy, cuando un patólogo forense analiza una lesión, una equimosis, una fractura o un traumatismo óseo, trabaja con tecnologías muy superiores, pero parte de una intuición antigua: el cuerpo conserva señales de lo ocurrido.

Del racionalismo griego a la medicina basada en evidencias

Grecia introdujo una transformación intelectual decisiva: buscar causas naturales para los fenómenos del cuerpo. La tradición hipocrática y los estudios anatómicos de Alejandría favorecieron una medicina basada en la observación, la lógica y la causalidad.

Esta herencia sigue presente en la práctica forense actual. El médico forense no se limita a describir una lesión; debe explicar su mecanismo, su origen probable, su cronología y su relación con la muerte o el daño sufrido.

De Roma a la prueba pericial

Roma aportó el marco jurídico. Su gran contribución fue acercar el saber médico al derecho. Casos como el examen del cuerpo de Julio César por Antistius muestran una preocupación temprana por distinguir entre lesiones múltiples y lesión mortal.

Esa relación entre conocimiento técnico y decisión judicial anticipa la función actual del perito: traducir hallazgos científicos a un lenguaje útil para jueces, fiscales y tribunales.

De China a la criminalística procedimental

China añadió el método. Con Song Ci y el Xiyuan Jilu, la investigación de muertes dejó de depender únicamente de la intuición individual y comenzó a organizarse mediante instrucciones, observación sistemática y prevención de errores.

El caso de la hoz y las moscas es especialmente revelador: demuestra que incluso una evidencia invisible puede ser detectada si se sabe observar el entorno. Esa lógica está en la base de la criminalística moderna, desde la inspección ocular hasta la entomología forense.

 el legado vivo de la ciencia forense antigua

La historia de la ciencia forense demuestra que la búsqueda de la verdad no empezó en los laboratorios modernos. Comenzó mucho antes, cuando distintas civilizaciones intentaron comprender el cuerpo, interpretar lesiones, identificar personas y resolver muertes dudosas.

Egipto enseñó a observar.
Grecia enseñó a razonar.
Roma enseñó a conectar el conocimiento con la ley.
China enseñó a proceder con método.

Hoy, cada vez que se analiza una escena del crimen, se documenta una lesión, se interpreta una causa de muerte o se presenta una prueba ante un tribunal, resuenan —aunque sea de forma lejana— esos primeros pasos históricos.

La ciencia forense no es solo tecnología. Es una tradición de observación, razonamiento, método y justicia al servicio de una pregunta esencial:

¿qué ocurrió realmente?

Conclusión: el hilo invisible de la verdad

La ciencia forense moderna parece muy alejada de un papiro egipcio, del examen del cuerpo de Julio César o de una hoz en un campo de arroz. Hoy hablamos de ADN, toxicología, radiología post mortem, odontología forense, análisis digital y técnicas de imagen cada vez más precisas.

Sin embargo, el principio esencial sigue siendo el mismo: los hechos dejan huellas, y esas huellas pueden ser interpretadas.

Estudiar los orígenes de la ciencia forense no es solo mirar al pasado. Es comprender que la justicia siempre ha necesitado algo más que sospechas: ha necesitado observación, razonamiento, método y prueba.

Desde las primeras descripciones de lesiones hasta los protocolos actuales de investigación, la ciencia forense ha mantenido una misma vocación: transformar indicios dispersos en conocimiento útil para esclarecer la verdad.

En última instancia, la ciencia forense es el puente entre el silencio de los hechos y la necesidad humana de justicia. Su historia nos recuerda que, mientras existan preguntas por responder, seguiremos perfeccionando el arte de hacer hablar a la evidencia.

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